RIDER SOUL

Me fui a Rider Soul con una Zontes 703F 19” y entendí por qué no era una ruta más

Rider Soul
Rider Soul
Rider Soul
Rider Soul

Hay eventos de moto que se consumen en una foto, en una salida rápida o en un vídeo corto. Y luego están los que se viven de verdad, los que empiezan antes de arrancar y siguen resonando cuando ya has aparcado en casa. Rider Soul fue justo eso: una experiencia mototurística con formato de reto personal, ruta sorpresa y un ambiente muy distinto al de la típica concentración. La organización la define como una propuesta no competitiva, sin clasificación ni cronómetro, donde cada participante elige entre 300 o 500 kilómetros y sigue un track oficial para validar puntos de paso dentro de un horario establecido.

Yo la afronté con una Zontes 703F 19”, una moto que encajó especialmente bien con el planteamiento del día. No porque Rider Soul exija una trail concreta ni una gran cilindrada —de hecho, la organización lo plantea como una experiencia accesible desde 125 cc—, sino porque la filosofía del evento pide exactamente eso: una moto con la que te apetezca rodar, improvisar, enlazar curvas y disfrutar del paisaje sin obsesionarte con nada más.

Una ruta sorpresa que te obliga a mirar la carretera de otra manera

Una de las claves de Rider Soul está en que no conoces el recorrido hasta el mismo día. La propia organización insiste en esa idea de ruta secreta, un rasgo que cambia bastante la mentalidad con la que uno sale. No vas a “hacer una ruta” que ya has visto mil veces en Google Maps. Vas a descubrirla.

En nuestro caso, la jornada nos fue llevando por carreteras secundarias hacia el este de Madrid, enlazando zonas y localidades como Sotillo de la Adrada, Piedralaves, Navaluenga, Cebreros, Hoyo de Pinares y Robledo de Chavela, con un trazado que fue combinando tramos de la Comunidad de Madrid y Castilla y León. Lo bonito de ese formato es que no todo te lo dan hecho desde el principio: la experiencia consiste en ir siguiendo el trazado propuesto para llegar a los checkpoints, donde se añaden nuevos tramos y se entregan los sellos con el enlace al siguiente punto.

Eso hace que la ruta tenga algo de juego, de pequeña aventura organizada. No hay estrés competitivo, pero sí la sensación de que estás avanzando dentro de un recorrido vivo, con una estructura que te obliga a estar atento y a disfrutar también del proceso.

No era una carrera, y eso se notó desde el primer momento

La web de Rider Soul lo deja clarísimo: aquí no hay cronómetro, no hay clasificación y no se trata de correr, sino de completar tu propio desafío. Y lo cierto es que esa idea se percibe de forma muy real en el ambiente. No encontré esa tensión de otros eventos en los que parece que todo el mundo quiere demostrar algo. Aquí la sensación era otra: concentración, sí, pero también ganas de disfrutar, de compartir y de medirse con uno mismo.

Eso cambia mucho la experiencia. Sales con la impresión de que lo importante no es llegar antes que nadie, sino hacerlo bien, disfrutar el recorrido y sentir que has completado algo que tenía sentido para ti. La organización habla de un equilibrio entre aventura y organización, entre libertad y reto, y me parece una forma bastante acertada de resumirlo.

Rider Soul
Rider Soul

La Zontes 703F 19” y el placer de enlazar curvas sin pensar demasiado

Hay rutas en las que la moto simplemente cumple, y otras en las que la moto acompaña de verdad. En este recorrido, la Zontes 703F 19” me dejó precisamente esa sensación de compañera útil y agradable para una jornada así. El trazado discurrió por bastantes carreteras reviradas, de esas que te obligan a ir concentrado, pero que a la vez te premian con ritmo, paisaje y la sensación de que cada curva enlaza con la siguiente de forma natural.

No era un entorno para buscar cifras ni hacer el bruto. Era un terreno ideal para ir fino, mirar lejos, dejar correr la moto y disfrutar del tipo de conducción que a muchos nos reconcilia con la carretera secundaria. Y ahí la experiencia tuvo algo especialmente bonito: servía de excusa perfecta para volver a rodar con calma, juntarnos con moteros de Madrid y descubrir carreteras nuevas que, de otro modo, probablemente no habría enlazado de esa manera.

Un evento pensado para la comunidad, no solo para sumar kilómetros

La organización enmarca la experiencia dentro de Madrid X Moto, con recogida de dorsal y welcome pack, briefing oficial y salida escalonada entre las 07:00 y las 09:00 del sábado. Todo eso le da una estructura clara, pero lo que más me llamó la atención fue que el evento no se sintió rígido ni artificial.

Hubo cercanía. Hubo ese tipo de ambiente motero en el que se habla con naturalidad, se comentan motos, rutas, sensaciones y pequeños detalles del camino sin necesidad de postureo. Si tuviera que resumir lo que se respiró, diría justo eso: cercanía y alegría. Y no es una frase bonita para rellenar un texto; es lo que realmente se percibía entre la gente.

Además, el evento transcurrió sin incidentes, algo que siempre es importante recalcar en una jornada de este tipo. Cuando una experiencia con tantos participantes consigue mantener buen ambiente, orden y sensación de seguridad, ya está haciendo muchas cosas bien.

Lo mejor de Rider Soul fue lo que no se podía medir

Si alguien me preguntara qué fue lo mejor de participar en Rider Soul, no diría el número de curvas, ni los kilómetros, ni siquiera el hecho de ir descubriendo checkpoints. Diría que fue una experiencia divertida que nos sirvió de excusa para hacer algo que a veces olvidamos entre rutinas, pruebas y obligaciones: salir a rodar por puro gusto, reencontrarnos con otros moteros y recordar que todavía quedan carreteras capaces de sorprendernos.

La propia organización insiste en que una buena ruta no se mide solo en kilómetros, sino en lo que te hace sentir. Después de vivirla desde dentro, entiendo bastante bien por qué lo plantean así. Porque Rider Soul no me dejó la impresión de haber participado en un evento más, sino en una jornada bien pensada para quienes siguen creyendo que la moto no es solo un medio para ir de un sitio a otro. Es, sobre todo, una forma de vivir el camino.