Cuando los moteros se ponen al lado de los niños: la historia que demuestra que una moto también puede proteger
Hoy quiero mostraros una de las cosas más bonitas que he encontrado dentro del mundo de la moto en Estados Unidos. Y cuando digo bonitas, no hablo de una moto espectacular, de un motor que suena de maravilla, de una carretera de curvas o de una concentración llena de miles de motos. Hablo de algo mucho más grande. Hablo de personas. De moteros.
Porque hace mucho tiempo que no monto en una moto de carretera como me gustaría. La vida me llevó por otros caminos y hoy la moto de carretera la disfruto de otra manera. La miro, la escucho, la sigo disfrutando y la sigo admirando. Y aunque ya no pueda hacer con ella todo lo que me gustaría, dentro de mí sigue habiendo un motero. Eso no se pierde.
Por eso, cuando veo iniciativas como la de Bikers Against Child Abuse, B.A.C.A., no puedo evitar emocionarme. Porque detrás de esos enormes motociclistas con sus chalecos de cuero, sus motos y esa imagen que a primera vista puede imponer respeto, hay algo que quizá mucha gente no conoce: están utilizando precisamente esa presencia para ayudar a los niños que más miedo han pasado.
Todo comenzó en 1995, en Utah, cuando J.P. “Chief” Lilly, trabajador social clínico y motero, atendía a niños que habían sufrido abusos. Uno de aquellos pequeños estaba tan aterrorizado que prácticamente no quería salir de casa. Lilly pensó entonces que quizá había algo que podía ayudarle: sus compañeros moteros.
Pidió a algunos de sus amigos que se acercaran al niño, que hablaran con él y que intentaran convertirse en una presencia de confianza para aquel pequeño. Pero ocurrió algo que seguramente ni el propio Lilly esperaba. No llegaron solamente unos pocos. La respuesta de la comunidad motera fue enorme.
Aquellos moteros aparecieron con sus motos, sus chalecos y toda aquella imagen que, vista desde fuera, podía impresionar a cualquiera. Y el niño, que hasta entonces había vivido encerrado en el miedo, se encontró de repente rodeado de personas que habían ido allí exclusivamente para estar con él.
Para aquel pequeño debió de ser algo difícil de explicar. Los mismos hombres que desde fuera podían parecer intimidantes estaban allí para decirle exactamente lo contrario: “No tienes que tener miedo. Estamos contigo.”
Aquella experiencia fue el origen de Bikers Against Child Abuse. Y desde entonces la idea fue creciendo hasta convertirse en una organización dedicada a acompañar y apoyar a niños que han sufrido abusos, ayudándoles a recuperar algo que el miedo les había quitado: la sensación de seguridad.
Y aquí es donde uno entiende que ser motero puede significar muchas más cosas que montar en moto.
Porque imaginad ahora la escena más difícil de todas. Un niño pequeño tiene que entrar en un tribunal. Tiene que sentarse allí y enfrentarse a una persona que le ha hecho daño. Tiene que señalarla. Tiene que hablar. Tiene que recordar. Y tiene que hacerlo delante de adultos, abogados, jueces y desconocidos.
Para un niño, puede ser aterrador.
Pero entonces mira hacia atrás.
Y allí están ellos.
Los moteros.
Los que conoció. Los que le dieron confianza. Los que le hicieron sentirse protegido. Y no ha ido uno. Ni dos. Hay una sala llena de personas que han recorrido kilómetros en sus motos para estar allí con él.
No han ido a buscar pelea. No han ido a amenazar a nadie. No han ido a tomarse la justicia por su mano.
Han ido a hacer algo mucho más poderoso.
Han ido para que aquel niño no se sienta solo.
B.A.C.A. explica que sus miembros pueden acompañar a los menores en momentos especialmente difíciles y, cuando las circunstancias y el tribunal lo permiten, estar presentes durante los procedimientos judiciales. Su objetivo es ayudar al niño a recuperar confianza y sentirse seguro, no sustituir a la justicia ni ejercer violencia.
Y eso, para mí, es la verdadera fuerza de un motero.
Porque hay algo que quienes hemos vivido dentro de este mundo conocemos muy bien. Los moteros tienen una manera especial de ayudarse. Puedes encontrarte con otro motorista al otro lado del país, no conocerlo absolutamente de nada y, si tiene un problema, parar.
Una mano. Una herramienta. Un teléfono. Lo que haga falta.
Eso forma parte de la cultura de la moto. Esa especie de hermandad que no necesita apellidos, ni dinero, ni que conozcas a la persona que tienes delante.
Y cuando esa fuerza se pone al servicio de un niño que ha sufrido abusos, adquiere un significado todavía mayor.
B.A.C.A. no es una banda de justicieros. Sus miembros no están allí para ejercer violencia ni para sustituir a la policía o a los tribunales. Su misión es ayudar al niño a recuperar su propia fuerza, dejar de sentirse indefenso y volver a mirar al mundo sin miedo.
Eso es ayudar.
Eso es dar.
Eso es proteger.
Y quizá por eso esta historia me toca especialmente. Porque yo conozco lo que significa la moto. He conocido las carreras, la competición, la tensión, la velocidad, las victorias, las derrotas y también los momentos en los que la vida te cambia de dirección de golpe.
Y aunque hoy no pueda montar en una moto de carretera como lo hacía antes, sigo mirando una moto y sigo sintiendo algo dentro.
Porque una moto no es solamente una máquina.
Es una forma de entender la vida.
Es compañerismo.
Es libertad.
Es pasión.
Es respeto.
Y muchas veces también es solidaridad.
Por eso no puedo evitar sentirme orgulloso cuando veo que, al otro lado del océano, un grupo de moteros ha decidido utilizar aquello que los identifica para hacer algo tan grande como ayudar a un niño a dejar de tener miedo.
Y cómo no voy a sentirme parte de eso.
Yo tengo además una responsabilidad que me une todavía más a este mundo. Soy Director Internacional y de Acción Social de la Fundación Ángel Nieto, una Fundación que lleva el nombre de uno de los hombres que mejor entendió lo que significaba la moto y, sobre todo, lo que significaba la gente que había detrás de ella.
Por eso, cuando van cien, doscientos o los moteros que sean llegar juntos para acompañar a un niño, no veo simplemente una fila de hombres y mujeres vestidos de cuero.
Veo personas.
Veo corazón.
Veo solidaridad.
Veo vida.
Y veo algo que muchas veces olvidamos: que detrás de una moto siempre hay una persona.
Una persona que puede correr, viajar, competir, disfrutar de una carretera o simplemente compartir una pasión.
Pero también una persona que puede parar su moto y decirle a alguien que está sufriendo:
“No estás solo.”
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puede hacer un motero.
Porque al final, las motos pasan.
Los kilómetros pasan.
Las carreras pasan.
Los años pasan.
Pero lo que hacemos por los demás permanece.
Y cuando se trata de un niño, todavía más.
Hoy quería enseñaros esto.
Porque esto también es ser motero.
Y de esto sí que podemos sentirnos orgullosos.
LUIKE/ELMOTERO
Toñejo Rodríguez