SUPERCROSS

La noche mágica de Salt Lake City: Roczen gana el título y el Supercross toca la gloria

Jorge Prado

El Supercross de Salt Lake City ha sido, sin ninguna duda, una de esas noches que quedan grabadas para siempre. Tanto en la categoría 250 como en la 450 hemos vivido el Supercross en su versión más pura: intensidad desde la valla, errores que cambian carreras, adelantamientos al límite y una emoción constante que no ha dado un solo respiro.

Ha sido una de esas veladas en las que este deporte muestra por qué engancha tanto. Cada vuelta, cada salto y cada duelo en pista ha tenido un peso enorme, con carreras que se han decidido en detalles mínimos y con pilotos llevados al límite absoluto.

Y si tengo que ser sincero, creo que Salt Lake City nos ha regalado una de las mejores noches de motocross/supercross que he vivido jamás. Una de esas jornadas en las que todo encaja para ofrecer un espectáculo irrepetible.

El que os escribe y os relata esto está en una silla de ruedas, y hoy os puedo asegurar algo con total honestidad: he vivido la carrera con una intensidad tan grande que casi me pongo de pie en más de una ocasión. Así de fuerte ha sido lo que hemos visto esta noche en la pista.

El momento más especial, sin duda, ha llegado con la victoria de Roczen. Verle ganar me ha emocionado de verdad. He aplaudido sin parar y he acabado completamente superado por la emoción, incluso con lágrimas. No era solo una victoria deportiva, era la culminación de una historia de lucha, sufrimiento y superación que hace imposible quedarse indiferente.

Salt Lake City no ha sido simplemente una carrera. Ha sido una noche mágica. De esas que recuerdan por qué el Supercross es mucho más que un deporte: es pasión, es emoción pura y es capaz de tocarte por dentro de una forma que no se puede explicar con palabras.

Supercross y su categoría de 250 llegó a su final con una de esas noches imposibles de olvidar. El campeonato de la Costa Este y el de la Costa Oeste ya tenían dueño, pero eso no evitó que los pilotos salieran a la pista con el corazón ardiendo y el orgullo en juego. El ambiente era eléctrico. Las gradas rugían. Y todos sabían que estaban a punto de vivir algo especial.

Todas las miradas apuntaban a Hayden Deegan. El joven estadounidense afrontaba su última carrera sobre una 250 y quería despedirse dejando otra actuación memorable. Desde la salida mostró sus intenciones, clavando una salida perfecta, igual que había hecho en su manga clasificatoria. Pero en el Supercross, cada curva o peralte puede cambiarlo todo.

Apenas había comenzado la carrera cuando su compañero de equipo, Max Anstie, lanzó un ataque brillante para arrebatarle el liderato. A partir de ese momento, la final explotó en intensidad. Nadie quiso cortar gas. Todos fueron al límite.

La carrera de Supercross

La batalla entre compañeros de equipo encendió al público. Había tensión, velocidad y agresividad en cada tramo del circuito. Cole Davies también entró en escena con un ritmo impresionante, dejando claro que quería cerrar la temporada de la mejor manera posible.

Se puso primero y el Público explotó pero digan seguía metiéndole la moto.

Entonces llegó uno de los momentos más duros de toda la noche.

En la zona de woops, Cameron McAdoo sufrió una caída brutal que dejó al estadio completamente en silencio. La violencia del impacto fue estremecedora y recordó a todos el lado más salvaje y despiadado de este deporte. Apenas quince metros más adelante, cayó su compañero de equipo que también terminó en el suelo en otra caída durísima. En cuestión de segundos, los dos pilotos de Kawasaki estaban caídos sobre la pista, en una escena dramática que cambió por completo el rumbo de la carrera.

Pero el Supercross no se detiene.

Mientras algunos luchaban por levantarse, otros seguían escribiendo su historia. Cole Davies comenzó a imponer un ritmo espectacular, peleando rueda con rueda y demostrando una madurez increíble pese a su juventud. El neozelandés pilotaba con una mezcla perfecta de agresividad y control, haciendo vibrar a los aficionados en cada vuelta.

Por detrás, Hayden Deegan seguía intentando recuperar terreno. Fiel a su estilo explosivo, buscó el límite en cada adelantamiento, decidido a despedirse de la categoría luchando hasta el final. El público quería ver esa batalla hasta la bandera a cuadros. Todos la querían.

Sin embargo, una caída terminó por apartarlo de la lucha por la victoria. Fue un golpe duro para él y para los aficionados, que soñaban con un cierre épico. Aun así, Deegan volvió a demostrar por qué se ha convertido en una de las grandes estrellas del Supercross moderno: intensidad, carácter y espectáculo en cada aparición.

Con la carrera completamente abierta, Levi Kitchen logró rehacerse del caos y remontó hasta una brillante segunda posición. Max Anstie, sólido y constante durante toda la noche, completó el podio para cerrar la temporada con una actuación magnífica.

La victoria fue para Cole Davies.

Delante de su familia llegada desde Nueva Zelanda, el joven piloto celebró uno de los triunfos más importantes de su carrera. Su pilotaje fue impecable, rápido y valiente. Una actuación digna de campeón.

Detrás de ellos, DiFrancesco protagonizó otra de las historias de la noche al remontar desde la segunda clasificatoria o repesca, hasta terminar dentro del top cinco, confirmando el enorme talento de esta nueva generación.

La clasificación final dejó a Cole Davies como vencedor, seguido por Levi Kitchen y Max Anstie en el podio. Ryder DiFrancesco terminó cuarto y Hayden Deegan cerró el top cinco en la última carrera de su etapa en 250.

Así terminó una temporada extraordinaria.

Con caídas estremecedoras, adelantamientos imposibles, rivalidades intensas y jóvenes estrellas escribiendo el futuro del deporte. Porque el Supercross no es solo velocidad. Es pasión, valentía y el deseo de dejar una huella eterna sobre la tierra.

Y mientras las luces del estadio se apagaban lentamente, una sensación quedaba en el aire: el futuro del Supercross 250 siempre es emocionante y agresivo.

Ken Roczen: la noche en la que el Supercross hizo justicia

No podía acabar de otra manera.

El campeonato americano de Supercross 450 necesitaba un final así. Dramático, salvaje, emocionante. Una de esas noches que recuerdan por qué este deporte no se parece a ningún otro sobre la faz de la Tierra.

Desde las clasificatorias ya se sentía algo especial en el ambiente. Los tiempos caían vuelta tras vuelta y la tensión se podía tocar. Pero para algunos aficionados aquella noche significaba mucho más que una simple final. Era la oportunidad de ver a un piloto completar una historia de película que parecía imposible.

Porque Ken Roczen no es solamente un piloto extraordinario.

Ken Roczen es resistencia. Es talento. Es sufrimiento. Es pasión por este deporte llevada al límite humano.

Siempre ha sido uno de esos pilotos diferentes. De los que enamoran a cualquiera que ame el motocross y el supercross. Sus salidas explosivas, esa capacidad única para remontar posiciones en apenas dos curvas, la forma de pasar los whoops con una suavidad imposible, cómo hacía flotar la moto en los peraltes, cómo encontraba velocidad donde otros solo encontraban caos. Técnica pura. Instinto puro.

Pero también llegaron las sombras.

Las lesiones. Las operaciones. El dolor.

Aquella caída con la Honda que casi le cuesta una mano cambió su vida para siempre. Hubo momentos en los que ni siquiera podía sostener un tenedor para comer. Momentos donde el futuro dejó de ser competir y pasó simplemente a intentar recuperar movilidad. Todo parecía derrumbarse alrededor suyo.

Y aun así, siguió adelante.

Operación tras operación. Dolor tras dolor. Rehabilitación tras rehabilitación.

Mientras muchos habrían abandonado, Roczen siguió peleando. Siempre peleando.

En temporadas anteriores todavía se veía su talento inmenso. Salía delante, lideraba carreras, emocionaba al público… pero con el paso de las vueltas llegaba la fatiga. Su mano no respondía como necesitaba. El cuerpo decía basta. Y poco a poco iba perdiendo posiciones.

Pero este año era diferente.

Este año Ken Roczen estaba preparado.

Con su Suzuki, la única moto del paddock que todavía arranca a pedal mientras todas las demás arrancan con botón, llegó dispuesto a luchar contra todos y contra todo. Porque Roczen nunca ha necesitado el camino fácil.

Y entonces llegó la última carrera.

Un solo punto de ventaja sobre Hunter Lawrence. Nada. Absolutamente nada.

Cae la valla.

Hunter Lawrence sale primero, pero en la primera curva aparece Roczen por el interior. Limpio. Preciso. Agresivo. Primero Roczen. Segundo Lawrence.

El estadio explota.

Empieza la batalla definitiva.

Vuelta tras vuelta, la presión es insoportable. Saltos gigantes. Whoops infernales. El rugido de los motores golpeando el pecho de los aficionados. Y delante de todos, dos pilotos jugándose el campeonato cara a cara.

Pero aquella noche todavía tenía más protagonistas.

En tercera posición aparecía Jorge Prado.

Sí, nuestro Jorge Prado.

El campeón del mundo comenzaba a demostrar que ya entiende cómo funciona el Supercross americano. Con su KTM peleando contra los mejores especialistas del planeta, Prado mandaba un mensaje clarísimo: esto no ha hecho más que empezar.

Porque quizá el próximo año llegue su verdadero asalto al Supercross. Temblar que llega a Prado.

Pero antes viene el motocross.

Y ahí Jorge Prado puede hacer algo muy grande. Tiene velocidad, inteligencia y una capacidad de adaptación impresionante. Es un piloto extremadamente listo. Sabe cuándo atacar, cuándo esperar y cómo gestionar cada carrera. Y cuando empiece el campeonato americano de motocross, muchos van a descubrir realmente de lo que es capaz.

Pero volvamos a la locura de esta final.

Roczen seguía primero. Lawrence segundo. Prado tercero.

Y entonces apareció Chase Sexton.

Remontando como un misil.

Sexton alcanzó a Prado. Prado intentó aguantar. Lawrence cometió un error en un peralte… y cayó al suelo.

El estadio se quedó completamente en silencio.

Lawrence intentó levantar la moto rápidamente, pero mientras trataba de reincorporarse otro piloto impactó contra él y volvió a caer. Un desastre absoluto. El campeonato acababa de cambiar en segundos.

Desde el muro enseñaron la información a Roczen.

Quedaban siete minutos.

Siete minutos para cambiar su vida.

Siete minutos para conquistar el único título que faltaba en su carrera.

Y entonces apareció la inteligencia del campeón.

Ken Roczen dejó de pelear contra todos. Ya no necesitaba ganar la carrera. Solo necesitaba terminar delante de Hunter Lawrence.

Sexton lo pasó.

Después Cooper Webb.

Incluso Prado acabó superándolo y en tercera posición. ¡BRAVO!

Pero no importaba.

Cada curva era una batalla contra los nervios. Cada salto parecía eterno. El público rugía como pocas veces se ha escuchado en un estadio de Supercross.

Porque aunque Roczen sea alemán, América lo ama.

Los aficionados americanos entienden este deporte. Reconocen cuando están viendo a un piloto especial. Y saben perfectamente todo lo que Ken Roczen ha sufrido para llegar hasta aquí.

Quedaban dos vueltas.

Solo dos.

Y entonces ocurrió.

Ken Roczen cruzó la línea de meta y se proclamó campeón del AMA Supercross 450 por primera vez en su carrera.

El estadio explotó.

La emoción era indescriptible.

Su familia llorando. Su equipo abrazándose. Su mánager, que ha luchado contra el cáncer durante esta temporada y aun así ha seguido apoyándolo, formando parte de uno de los momentos más hermosos del año.

Y Roczen, emocionado, dedicando el título a todos ellos.

A todos los que estuvieron cuando parecía imposible volver.

Qué noche.

Qué locura.

Qué deporte tan salvaje y maravilloso.

Y entre toda la emoción también hubo tiempo para acordarse de Eli Tomac, otra leyenda de este deporte, que regresó esta temporada después de una lesión durísima y que, desgraciadamente, volvió a lesionarse en la última carrera. Otro guerrero. Otro piloto irrepetible.

Como Sexton. Como Cooper Webb. Como Prado. Como Stewart. Como Lawrence.

Pilotos capaces de hacer sentir algo único a quienes aman este deporte.

Porque el Supercross y el Motocross no son solo carreras.

Son pasión.

Son sufrimiento.

Son valentía.

Son pilotos que vuelan sobre la tierra mientras millones de aficionados contienen la respiración.

Y por noches como esta, el Supercross seguirá siendo eterno.

Felicidades, Ken Roczen.

Y que viva siempre el Supercross.

Y que viva siempre el Motocross

LUIKE/EL MOTERO

Toñejo Rodriguez