La historia de los 22 niños españoles que llevaron la vacuna de la viruela al otro lado del mundo
En 1803, cuando el mundo aún vivía bajo la sombra constante de la enfermedad y la incertidumbre, un barco partió desde La Coruña llevando consigo algo mucho más valioso que cualquier tesoro. No transportaba riquezas ni ejércitos, sino esperanza, humanidad y uno de los gestos más nobles que un país ha ofrecido al mundo. Aquella expedición, conocida hoy como la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, fue dirigida por Francisco Javier Balmis y acompañada por una mujer extraordinaria, Isabel Zendal, cuya entrega la ha llevado a ser reconocida como la primera enfermera en misión internacional.
A bordo viajaban 22 niños huérfanos de entre tres y nueve años. Eran niños gallegos, sin familia, sin futuro asegurado, sin nada que los atara a la vida más allá de su propia inocencia. Y sin saberlo, se convirtieron en protagonistas de una de las mayores gestas de la historia de la humanidad. Sus nombres, aunque incompletos y en parte perdidos por el paso del tiempo, aún resuenan como un eco de dignidad y sacrificio. Entre ellos estaban Benito Vélez, Andrés Naya, Antonio Veredia, Cándido, Clemente, Domingo Naya, Francisco Antonio, Francisco Florencio, Gerónimo María, Jacinto, José, Juan Antonio, Juan Francisco, José Jorge Nicolás de los Dolores, José Manuel María, Manuel María, Martín, Pascual Aniceto, Tomás Melitón, Vicente Ferrer y Vicente María Sale y Bellido. Algunos nombres se han desdibujado en los archivos de la historia, pero su legado permanece intacto.
El problema al que se enfrentaba Balmis parecía imposible de resolver. La vacuna de la viruela no podía conservarse más allá de unos pocos días fuera del cuerpo humano, y el viaje hasta América duraba semanas. Sin refrigeración, sin tecnología, sin más recursos que la inteligencia y la determinación, ideó una solución tan brillante como profundamente humana. La vacuna se mantendría viva dentro de los propios niños.
Antes de partir, se inoculaba la vacuna a dos de ellos. Al cabo de nueve o diez días, en sus brazos aparecía una pústula. De esa pequeña herida se extraía el fluido necesario para inocular a otros dos niños sanos. Así, de dos en dos, de brazo en brazo, la vacuna viajaba viva a través de sus cuerpos. Era una cadena humana, frágil y perfecta al mismo tiempo, que cruzó el océano manteniendo encendida la única posibilidad de salvar millones de vidas. Se hacía de dos en dos para asegurar el éxito, para que si uno no desarrollaba correctamente la vacuna, el otro pudiera sostenerla. Era ciencia, pero también era una lección de previsión y humanidad.
Durante la travesía, el cuidado de los niños recayó sobre Isabel Zendal. Su papel fue mucho más allá del deber. Fue madre, protectora y consuelo en medio del océano. Dejó atrás su vida para cuidar de aquellos pequeños que, aunque no eran suyos, dependían completamente de ella. Su figura representa una de las mayores expresiones de entrega que se recuerdan, y sin embargo, durante mucho tiempo quedó en el olvido.
La expedición no se detuvo en un solo destino. Llegó a Puerto Rico, Cuba, Santo Domingo, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas, Macao y Cantón. En cada puerto no solo se administraba la vacuna, sino que se dejaba un legado. Se creaban juntas de vacunación, se formaba a médicos locales, se sembraba conocimiento. No era un acto puntual, era una transformación duradera. España no solo llevaba la cura, enseñaba a mantenerla viva.
En cuanto a los niños, la historia conserva sombras. Se sabe que en el conjunto de la expedición, que se prolongó durante años y diferentes rutas, algunos murieron. Sin embargo, no existe consenso absoluto sobre si murieron exactamente dos de los 22 niños iniciales durante el primer viaje. Los registros no son completamente precisos. Lo que sí es seguro es que todos ellos vivieron una experiencia que los marcó para siempre y que muchos no regresaron a España. Algunos se quedaron en América, otros desaparecieron en el silencio del tiempo. Eran niños sin hogar y, al final, el mundo entero se convirtió en su destino.
Joaquín Balmis regresó a España enfermo, sin fortuna y prácticamente olvidado. Murió en 1819 sin el reconocimiento que merecía. Isabel Zendal también desapareció de los registros históricos sin que se sepa con certeza cómo terminó su vida. Y los niños, aquellos 22 pequeños héroes, quedaron relegados a una nota a pie de página en la historia más grande jamás contada sobre la lucha contra una enfermedad.
Y sin embargo, lo que hicieron es inmenso. Gracias a gestas como esta, la viruela, una de las enfermedades más mortales que ha conocido la humanidad, fue finalmente erradicada en 1980. Millones de vidas salvadas tienen su origen en aquel barco que cruzó el océano con una cadena humana de esperanza.
España, en aquel momento, no fue imperio ni poder. Fue algo mucho más profundo. Fue humanidad. Fue ciencia. Fue compasión. Fue un país que decidió que su grandeza no estaba en conquistar, sino en salvar. Que entendió que la verdadera historia no se escribe con victorias militares, sino con actos de generosidad que cambian el destino del mundo.
Hoy, más de dos siglos después, aquellos niños siguen sin tener el reconocimiento que merecen. No hay suficientes monumentos, ni calles, ni libros que pronuncien sus nombres con la fuerza que deberían. Pero su legado permanece. Vive en cada vida salvada, en cada vacuna administrada, en cada avance de la medicina.
Fueron huérfanos. Fueron olvidados. Pero también fueron héroes.
Y aunque el mundo no recuerde sus nombres, la historia jamás podrá borrar lo que hicieron.
¡Que vivan siempre nuestros héroes!
LUIKE/EL CIRCUITO
Toñejo Rodríguez