270 motos sin transporte y agentes al volante: la DGT "pluriemplea" a la Guardia Civil y les "obliga" a hacer laboras de transportistas

Las BMW de la Guardia Civil

Durante años, llevar el uniforme de la Guardia Civil en la Agrupación de Tráfico era casi un destino soñado. Motocicletas nuevas, especialización, carretera abierta y la sensación de formar parte del corazón de la seguridad vial en España. Hoy, sin embargo, algo se ha torcido. Y dentro del cuerpo ya no es un secreto.

La relación con la Dirección General de Tráfico atraviesa uno de sus momentos más tensos. Los agentes lo dicen sin rodeos: se sienten desgastados, poco valorados y utilizados como simple herramienta ejecutora de decisiones tomadas desde despachos lejanos a la realidad del asfalto.

De destino estrella a plaza desierta

El cambio es tan llamativo como preocupante. Lo que antes era una especialidad codiciada ahora se queda sin cubrir. Año tras año, muchas plazas ofertadas para Tráfico quedan vacías. Nadie las pide. En un cuerpo donde la estabilidad es oro, que una unidad pierda atractivo es una señal de alarma.

Los motivos, según denuncian los propios agentes, son claros: turnos exigentes, jornadas interminables en carretera bajo frío o calor extremo y una presión creciente centrada en la sanción. Muchos recuerdan que la esencia de la unidad siempre fue auxiliar, prevenir, ayudar. Hoy sienten que el foco está puesto en otra parte.

Algunos lo expresan con crudeza: “Nos han convertido en cajas recaudadoras”. Una frase dura, pero que refleja un malestar profundo.

El episodio de las 270 motos

La última polémica ha añadido más leña al fuego. Según ha denunciado la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), en diciembre quedó desierto el contrato para trasladar 270 motocicletas oficiales. Las condiciones no resultaron atractivas para las empresas de transporte.

¿La solución? Utilizar a los propios agentes para realizar el traslado.

Para la asociación, este episodio simboliza una gestión deficiente y una sobrecarga innecesaria de funciones. Para los agentes, es una muestra más de que el sistema se sostiene sobre su disponibilidad permanente, incluso para tareas que consideran ajenas a su labor principal.

Patrullar no es solo multar

Desde fuera, la imagen de un agente de Tráfico suele asociarse a radares y multas. Pero la realidad diaria incluye asistencia en accidentes graves, auxilio en averías, regulación en situaciones críticas y presencia preventiva en puntos negros.

El problema, según denuncian, es que el reconocimiento institucional no acompaña al esfuerzo. Y cuando la motivación cae, el sistema entero se resiente.

España presume —con razón— de sus cifras de reducción de siniestralidad en las últimas décadas. Pero detrás de cada estadística hay miles de kilómetros recorridos por agentes que patrullan en condiciones difíciles. Si la especialidad deja de ser atractiva, el impacto puede notarse más pronto que tarde.

Un desgaste que no es solo laboral

El malestar no es únicamente profesional. Es también emocional. Muchos guardias civiles de Tráfico hablan de una pérdida de identidad. De haber pasado de ser referencia en seguridad vial a sentirse el último eslabón de una cadena que no siempre escucha.

El debate ya no es interno. Está en la calle. Y plantea una pregunta incómoda: ¿puede un modelo de seguridad vial seguir funcionando igual si quienes lo ejecutan sienten que trabajan al límite y sin respaldo?

La carretera no entiende de burocracia. Allí solo cuentan los reflejos, la preparación y la vocación. Y cuando esa vocación empieza a erosionarse, el problema deja de ser corporativo para convertirse en estructural.

La Agrupación de Tráfico fue durante décadas uno de los orgullos de la seguridad vial española. Hoy, muchos de sus propios miembros piden algo tan básico como reconocimiento, mejores condiciones y volver a sentir que su trabajo es algo más que números en un informe.