Yo tengo dos vidas

Toñejo Rodríguez y Ángel Nieto

La primera terminó el 26 de mayo de 1990.

La segunda empezó aquel mismo día.

Pero para entender mi historia hay que ir mucho más atrás, cuando todo comenzó entre barro, gasolina y sueños imposibles. Cuando era un niño que solo quería correr. Cuando descubrí que había nacido para vivir deprisa y sentir la vida con el corazón acelerado.

Primero llegó el motocross.

Después los quads.

Y con ellos llegaron las carreras, los viajes, los amigos y también los golpes. Porque incluso antes del gran accidente ya había conocido el dolor. Ya me había roto la espalda años antes en una caída. Aquello me llevó a pasar una temporada en la velocidad. Y sí… llegué a subirme a una 500 de MotoGP.

Madre mía lo que era aquello.

Estratosférica.

Una bestia imposible de explicar con palabras. Una moto que no corría… volaba. Y hasta corrí alguna carrera. Y no me fue nada mal. Pero después de vivir aquello entendí algo muy importante: lo mío era el campo. El polvo. La tierra. Sentir la moto moverse debajo de ti como un animal salvaje.

Yo pertenecía allí.

Y entonces llegó mayo de 1990.

Ganamos la Copa de España de Quad. Éramos felices. Jóvenes. Invencibles. Creíamos que la vida acababa de empezar.

Y tres semanas después… me rompí la espalda.

Así, de golpe.

En un segundo se acabó mi primera vida.

Pero jamás se acabó mi manera de sentir.

Porque mientras otros veían una silla de ruedas, yo seguía viendo horizontes. Seguía viendo carreras. Seguía soñando.

Y volvimos.

Nos pusimos a correr esta vez en Moto de Agua. Otra superficie. Otra velocidad. El mismo fuego dentro.

Y en 1993 ganamos el primer Campeonato de España.

Y qué queréis que os diga… cuando pienso en aquello no recuerdo el trofeo. Recuerdo la emoción de estar otra vez allí. En las carreras. En la salida. Escuchando motores. Mirando a mi gente.

Con los de antes.

Con los de durante.

Con los que nunca se fueron después.

Eso era la victoria de verdad.

Porque cuando yo me ponía un casco desaparecía todo. Se me olvidaban los problemas. Se me olvidaba la silla. Se me olvidaba el dolor.

Solo quedaba el piloto.

Y un piloto… muere piloto.

En 1995 llegó el accidente más grave de toda mi vida. El que más secuelas me dejó. Una moto me golpeó en la salida. Un piloto amigo. Pero en las carreras, cuando se baja la bandera, se terminan los amigos. Y yo era exactamente igual.

Competir era competir.

Aquello me destrozó la pierna. Vinieron los hospitales, las infecciones, el sufrimiento y treinta y tres operaciones para salvarme la vida y salvarme la pierna.

Treinta y tres veces entrando en quirófano.

Y aun así jamás pensé en rendirme.

Porque incluso roto seguía sintiendo algo dentro que podía más que cualquier herida: las ganas de vivir.

Y otra vez volvimos.

Acapulco. Campeonato del Mundo.

Y nos fue bien.

Vaya que si nos fue bien.

Nos fue de maravilla.

Y todavía recuerdo escuchar el himno por aquella pole position y pensar en todo lo que había ocurrido para llegar hasta allí. Porque las victorias saben diferente cuando antes has estado tan cerca de perderlo todo.

Pero la vida seguía poniéndome pruebas.

En el año 2006 llegó otro accidente.

Once meses boca abajo.

Operaciones. Recuperación. Médicos. Dolor.

Y mientras el cuerpo intentaba curarse, la cabeza ya estaba soñando otra aventura.

El Dakar.

Año 2008.

Volver al desierto. Volver a la tierra. Volver a demostrarme que la vida jamás puede detener a quien se niega a rendirse.

Y después llegó el Fórmula 1 del mar.

Qué locura.

Qué brutalidad.

Lo más bestia que he probado jamás: 2300 caballos en un barco de fibra de carbono. Una máquina imposible de explicar. Velocidad pura cortando el agua como si fuera aire. Adrenalina pura. Vida pura.

No conseguimos el dinero para correr el Mundial.

Pero cómo me divertí.

Cómo nos reímos.

Cómo vivimos.

Porque al final lo importante nunca fueron solo las victorias. Lo importante fueron las personas.

Y aquí necesito detenerme un momento.

No puedo poner nombres.

No podría.

La lista sería tan inmensa que jamás acabaría este artículo. Han sido demasiadas las personas y los personajes extraordinarios que han aparecido en mi vida. Gente que me ayudó cuando estaba roto. Gente que empujó siempre. Gente que compartió vida conmigo, aventuras, risas, derrotas, locuras, sueños y silencios.

Y todos ellos forman parte de quien soy.

Porque nadie llega tan lejos solo.

Y si hoy sigo aquí, feliz, vivo y con ganas de seguir inventando aventuras, es gracias a mi familia y a todas esas personas que decidieron caminar o rodar a mi lado.

Por eso quiero decir algo muy claro:

Yo no soy un discapacitado.

Yo me muevo en silla de ruedas. Sí. Pero eso no define mi vida. Mi vida la define mi manera de vivirla.

Y yo he vivido.

He vivido al límite.

He sido inconsciente algunas veces, claro que sí. Pero también valiente. Porque para enfrentarse a ciertas cosas hace falta un punto de locura… y mucho corazón.

Y el mío jamás dejó de latir fuerte.

La vida intentó romperme muchas veces.

Pero nunca consiguió quitarme las ganas de sentir el viento en la cara.

Y mientras siga respirando seguiré siendo aquel niño enamorado del ruido de un motor, del olor a gasolina y de la emoción de una salida.

Porque algunos simplemente pasan por la vida.

Y otros… la vivimos entera.

Ese soy yo.

LUIKE/EL MOTERO
Toñejo Rodríguez