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Cuatro cilindros y japonesas de los 90: las motos que puedes revolucionar a 20.000 rpm

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Hubo un tiempo en el que la industria de la moto hizo algo que hoy parece directamente imposible. No fue marketing, no fue postureo y desde luego no fue barato. Fue una locura técnica consentida por la legislación japonesa de finales de los 80 y principios de los 90. Y el resultado fue una de las motocicletas más extremas, fascinantes y absurdamente geniales jamás fabricadas para circular por la calle: las 250 de cuatro cilindros capaces de girar a 20.000 rpm.

Escuchar un motor subir hasta 20.000 revoluciones por minuto no es algo habitual ni siquiera hoy. Es un régimen superior al de un Fórmula 1 moderno y reservado, en competición, a las motos de MotoGP. La diferencia es que aquellas motos cuestan millones y no puedes comprarlas. En cambio, a principios de los 90, en Japón podías hacerlo por el precio de una moto “normal”, usarla a diario y llevarla legalmente por la calle… incluso a velocidades perfectamente legales.

El secreto de las 20.000 rpm

Para que un motor pueda girar tan alto sin autodestruirse, la clave está en reducir al mínimo las masas internas. En modelos como la Honda CBR250RR, cada uno de sus cuatro pistones es diminuto, apenas del tamaño de un vaso de chupito. Gracias a eso, la inercia se mantiene bajo control incluso cuando los pistones suben y bajan 20.000 veces por minuto, soportando fuerzas de hasta 7.500 G.

El resultado es un motor de solo 249 cc, con unos 45 CV, pero con una respuesta explosiva y un carácter absolutamente único. No empuja abajo, no tiene par en bajas, no intenta ser cómoda. Vive arriba. Por debajo de 8.000 rpm prácticamente no ocurre nada. A partir de 14.000, empieza el espectáculo.

Ingeniería obsesiva: relojería japonesa sobre dos ruedas

A ese régimen, cada válvula tiene que abrir y cerrar 167 veces por segundo. Un simple sistema convencional de distribución no serviría. Por eso estas motos recurrían a árboles de levas por engranajes, una solución carísima, compleja y ruidosa… pero precisa hasta niveles enfermizos. El característico silbido mecánico que producen no es un defecto: es la banda sonora de la precisión absoluta.

Todo el conjunto es una obra de ingeniería extrema: carrera corta, alta compresión, tolerancias mínimas y una sincronización tan delicada que cualquier desviación habría convertido el motor en un amasijo de metal. Y aun así, estas motos han demostrado ser capaces de recorrer más de 200.000 kilómetros, acumulando miles de millones de revoluciones sin romperse.

Parte ciclo de superbike… en miniatura

Lo más sorprendente es que no solo el motor era especial. El chasis, la suspensión y los frenos estaban al nivel de motos mucho más grandes. Chasis de doble viga de aluminio, basculante tipo gullwing, monoamortiguador regulable, frenos de doble disco… Todo pensado para correr.

En carretera, estas “baby blades” son capaces de avergonzar a muchas motos modernas de 300 cc. No por potencia pura, sino por rigidez, precisión y sensaciones. Son motos que obligan a conducir de verdad, a jugar con el cambio, a mantener el motor en la zona buena, convirtiendo cualquier trayecto cotidiano en una carrera de Moto3 improvisada.

Por qué existieron… y por qué no volverán

La razón de su existencia está en una anomalía legal muy concreta. En Japón, las motos de menos de 250 cc estaban exentas de costosas inspecciones de emisiones y ruido. Eso provocó que los fabricantes entraran en una auténtica guerra tecnológica, aplicando a estas pequeñas cilindradas el mismo nivel de desarrollo que a sus superbikes.

Ese contexto desapareció. Las normativas cambiaron, los costes se dispararon y el mercado dejó de justificar semejante derroche de ingeniería. Hoy, una moto así sería inviable económica y legalmente.

Un mito irrepetible

Las 250 tetracilíndricas de los 90 no eran racionales, no eran eficientes y no eran necesarias. Por eso mismo fueron tan especiales. Representan un momento único en la historia del motociclismo en el que la ingeniería ganó a la lógica.

Son motos que no volverán a fabricarse jamás. Y precisamente por eso, siguen siendo, para muchos, las motos más cool que han existido nunca.