Así está el tema del "cursillo" para llevar motos de 125cc con el carnet de coche
La medida generó una fuerte polémica hace un año, pero hoy permanece en el limbo mientras se acerca otra norma clave: la obligatoriedad de las luces V16
La Dirección General de Tráfico (DGT) agitó el debate hace apenas un año con una de las propuestas más controvertidas en materia de seguridad vial: eliminar la posibilidad de que los conductores con carnet B pudieran conducir motos de 125 cc. Una medida que afectaba directamente a millones de conductores en España y que, en su momento, se justificó por el aumento de la siniestralidad en motocicleta.
Hoy, a pocas semanas de la entrada en vigor de otra normativa relevante —la obligatoriedad de las balizas V16—, la gran pregunta sigue sin respuesta: ¿qué ha pasado con aquella propuesta?
Una medida que apuntaba directamente a la siniestralidad en moto
El origen de la iniciativa no era casual. La DGT, con Pere Navarro al frente, llevaba tiempo alertando del incremento de fallecidos en accidentes de moto, especialmente en entornos urbanos. En ese contexto, se planteó endurecer el acceso a las motos de 125 cc, que hasta ahora pueden conducirse con el carnet de coche siempre que se tenga una antigüedad mínima de tres años.
La idea era clara: más formación para reducir riesgos. Y el modelo elegido como referencia fue el francés, donde los conductores deben realizar un curso obligatorio antes de poder subirse a una moto ligera.
Este curso incluiría una parte teórica y otra práctica, centrada en aspectos clave como el control del vehículo, la anticipación al tráfico o la gestión del riesgo. En definitiva, un enfoque más exigente para un tipo de vehículo especialmente vulnerable.
El problema: millones de conductores ya estaban dentro
Sin embargo, la propuesta chocó rápidamente con una realidad difícil de gestionar: en España hay miles —o millones— de conductores que ya utilizan motos de 125 cc con el carnet B desde hace años.
Aplicar la medida con carácter retroactivo resultaba inviable. Por eso, en los primeros planteamientos se llegó a sugerir una especie de “excepción” para quienes ya tuvieran experiencia previa, lo que generó aún más confusión.
¿Quién podría seguir conduciendo? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cómo se acreditaría esa experiencia?
Las dudas se multiplicaron y el mensaje empezó a diluirse.
Una medida que se ha ido apagando sin explicación
Con el paso de los meses, la propuesta fue perdiendo fuerza mediática e institucional. No ha habido avances legislativos claros, ni plazos, ni confirmaciones oficiales recientes. Lo que en su momento parecía una reforma inminente, hoy se ha convertido en un asunto prácticamente olvidado.
En paralelo, la DGT ha tenido que centrar esfuerzos en otras medidas igualmente polémicas, como la implantación definitiva de las luces V16 o la reducción de los límites de alcoholemia. Cambios que sí tienen fecha y que han monopolizado el debate en seguridad vial.
Además, el contexto político tampoco ha ayudado. La dificultad para aprobar reformas en el Parlamento ha frenado muchas iniciativas, especialmente aquellas que afectan de forma directa a millones de conductores.
Europa también condiciona el futuro del carnet
A todo esto se suma otro factor clave: la reforma europea del permiso de conducir prevista para 2027. Bruselas trabaja en una armonización de las normativas a nivel comunitario, lo que podría redefinir completamente el acceso a distintos tipos de vehículos.
Este escenario reduce aún más la viabilidad de cambios unilaterales por parte de la DGT. Cualquier modificación relevante podría quedar desfasada en pocos años si Europa establece un nuevo marco común.
¿Se ha descartado definitivamente la medida?
La realidad es que no hay una respuesta clara. La propuesta no ha sido oficialmente retirada, pero tampoco ha avanzado. Se encuentra en una especie de limbo regulatorio donde ni se impulsa ni se descarta.
Mientras tanto, los conductores con carnet B siguen pudiendo conducir motos de 125 cc exactamente igual que antes.
El debate sigue abierto, pero sin hoja de ruta
El fondo del problema sigue siendo el mismo: la elevada siniestralidad en moto y la necesidad de mejorar la formación de los conductores. En ese sentido, la propuesta de la DGT tenía una lógica evidente.
Sin embargo, su aplicación práctica ha demostrado ser mucho más compleja de lo previsto. Entre la presión social, las dificultades legales y el contexto europeo, la medida ha perdido impulso.
A día de hoy, lo único claro es que no hay cambios inmediatos. Pero también que el debate sigue vivo y podría volver en cualquier momento si las cifras de accidentes continúan al alza.