LA ÚLTIMA DE TOÑEJO

Un aplauso infinito para los héroes que no salen en los titulares

Hay personas que llenan estadios. Hay personas que aparecen en la televisión. Hay personas que reciben premios, medallas y reconocimientos delante de miles de espectadores. Y luego están ellos. Los que trabajan detrás de una puerta cerrada. Los que no buscan fama. Los que no esperan aplausos. Los que, en silencio, dedican su vida a salvar la de los demás.
Cuando leí la historia de aquellos investigadores de la Universidad de Toronto que en 1922 cambiaron para siempre el destino de millones de personas gracias al descubrimiento de la insulina, no pude evitar emocionarme. Aquellos hombres tenían nombre y apellidos. Eran Frederick Banting, Charles Best, James Collip y John Macleod. Gracias a su trabajo, una enfermedad que hasta entonces era una sentencia de muerte dejó de serlo para millones de niños y adultos en todo el mundo.
Pienso en ellos y pienso también en todos los médicos, cirujanos, enfermeras, investigadores y profesionales sanitarios que cada día hacen algo extraordinario sin esperar nada a cambio. Personas honorables que trabajan lejos de los focos y que, sin embargo, sostienen la vida de los demás cuando todo parece perdido.
Cuando estamos en un hospital, esas personas se convierten en lo más importante del mundo. Allí dentro no importan los coches, el dinero, los títulos ni las diferencias. Solo importa una cosa: que nuestro padre salga adelante. Que nuestra madre se recupere. Que nuestro hijo vuelva a sonreír. Que nuestro abuelo pueda regresar a casa. Que la persona que amamos siga a nuestro lado.
Y entonces miramos a esos médicos como quien mira una luz en mitad de la oscuridad. Confiamos en ellos lo más valioso que tenemos: la vida de quienes queremos.
Imaginaros una imagen de la sala de hospital en 1922. Niños que agonizaban. Padres que apenas podían contener las lágrimas. Familias enteras preparándose para una despedida que parecía inevitable. Y entonces llegaron aquellos investigadores con una pequeña dosis de esperanza llamada insulina.
Mientras avanzaban de cama en cama, algunos niños comenzaron a despertar. Los ojos que se cerraban volvieron a abrirse. La vida regresó donde solo parecía quedar resignación. Aquella sala pasó de ser un lugar de despedidas a convertirse en un lugar de esperanza.
Y pienso que, de alguna manera, esa escena sigue repitiéndose todos los días en hospitales de todo el mundo.
Cada vez que un cirujano termina con éxito una operación complicada.
Cada vez que una enfermera acompaña a un paciente durante una noche difícil.
Cada vez que un médico encuentra un tratamiento que devuelve la esperanza.
Cada vez que un investigador descubre algo que permitirá salvar vidas en el futuro.
Sin embargo, cuando abandonamos el hospital y la vida vuelve a la normalidad, muchas veces olvidamos sus nombres. Pocos reciben el reconocimiento que merecen. Pocos escuchan un agradecimiento proporcional a lo que han hecho.
Vivimos en una sociedad que suele aplaudir a quienes más ruido hacen. Pero yo sigo pensando que algunos de los mayores héroes de la humanidad trabajan en silencio.
Frederick Banting.Charles Best.James Collip.John Macleod.
Y junto a ellos, millones de médicos, enfermeras, cirujanos e investigadores cuyos nombres jamás aparecerán en los libros de historia, pero que son igualmente imprescindibles para las familias a las que ayudaron.
Ellos no buscan fama.
No buscan titulares.
No buscan reconocimiento.
Solo buscan una cosa: que alguien pueda volver a casa.
Por eso quiero dedicarles estas palabras. Porque mientras muchos ocupan las portadas durante un día, ellos regalan años de vida a otras personas. Y no existe un éxito más grande que ese.
Hace unos días, mi querido amigo Albert Llobera me dio una noticia que me produjo una enorme mezcla de alegría y de nostalgia: mi amigo el Dr Albert Borau se jubila.
Alegría porque, después de toda una vida dedicada a los demás, llega el momento de disfrutar de un descanso más que merecido. Nostalgia porque personas como él dejan una huella imposible de borrar.
Albert, hoy quiero hablarte como lo hace un amigo.
Quiero darte las gracias en nombre de Albert Llobera, en el mío y en el de las miles de personas que han pasado por tus manos durante tantos años.
Gracias por cada consulta.
Gracias por cada decisión.
Gracias por cada palabra de ánimo.
Gracias por haber dedicado tu vida a cuidar de la nuestra.
Pero, sobre todo, gracias por creer en las personas cuando otros solo veían limitaciones.
Todavía recuerdo perfectamente aquella camilla entrando en el hospital. Recuerdo verte acercarte a mí, mirarme a los ojos y presentarte con una sencillez que nunca he olvidado.
Soy Albert Borau.
Y yo, con la incertidumbre de quien intuye que  su vida cambiaba para siempre, te respondí:
Soy Toñejo. Albert, creo que ahora ya no voy a poder competir en moto … pero voy a correr en moto de agua.
Me miraste, sonreíste y, sin dudar ni un instante, me respondiste:
Adelante. Claro que sí.No me cabe duda.
Puede parecer una conversación sencilla. Apenas unas palabras.
Pero aquellas palabras me animaron aún más si cabe.Me arrancaron una sonrisa.
Y lo mejor es que esa sonrisa todavía me dura.
Con los años es fácil mirar atrás y pensar que todo fue sencillo.
Pero no lo fue.
En aquella época el mundo no estaba preparado para aceptar que una persona en silla de ruedas pudiera competir contra deportistas sin ninguna discapacidad.
Había normas.Había dudas.Había miedo.Había muchas presiones.
Y, sin embargo, nada de eso te importó.
Fuiste la única persona que se atrevió a firmarme el certificado médico que necesitaba para competir.
Sabías que aquello podía traer consecuencias.
Sabías que muchos no lo entenderían.
Pero nunca dudaste.No viste una silla de ruedas.
Viste a una persona que seguía teniendo sueños.
Y decidiste ayudarme.
Gracias a aquella firma pude volver a competir.
Pude volver a sentir la velocidad.
Pude volver a sentirme vivo.
Con el paso de los años todo pareció normal. Hoy ver a una persona con discapacidad practicando deporte de alto nivel ya no sorprende tanto. Pero hace más de treinta años era muy diferente. Tú fuiste uno de los primeros en creer que las limitaciones muchas veces están más en la mente de la sociedad que en el cuerpo de las personas.
Dicen que los médicos salvan vidas.
Tú hiciste algo más. Mucho más.
Me prestaste tus las alas.
Gracias a ti pude seguir volando.
Y eso, Albert, jamás podré agradecértelo lo suficiente.
Quiero terminar con otro agradecimiento que también nace desde lo más profundo de mi corazón.
Gracias al doctor Hernández Navarro.
Gracias a ti, Albert.
Sin vosotros, probablemente hoy no estaría escribiendo estas líneas.
Formáis parte de ese reducido grupo de personas que aparecen en los momentos más difíciles de una vida y consiguen cambiarla para siempre.
Hay deudas que nunca podrán pagarse.
Solo pueden agradecerse.
Pero hay una cosa que quiero decirte delante de todos.
No importa que te jubiles.
Porque de mí no te vas a librar.
Voy a seguir llamándote para preguntarte cualquier tontería, para pedirte un consejo cuando tenga una duda y, sobre todo, para seguir disfrutando de tu amistad.
Porque hace mucho tiempo que dejaste de ser solamente mi médico.
Eres mi amigo.
Y los amigos no entienden de jubilaciones.
Disfruta de esta nueva etapa.
Te la has ganado con creces.
Ahora te toca vivir un poco más para ti, disfrutar de tu familia, de los tuyos y de todas esas pequeñas cosas que tantas veces tuviste que dejar para otro día porque había un paciente esperándote.
Mi aplauso para ti no dura unos segundos.
Es un aplauso eterno.
Un aplauso lleno de gratitud, de admiración y de respeto.
Y ese mismo aplauso es para todos esos médicos, enfermeras, cirujanos, investigadores y profesionales sanitarios que cada día trabajan lejos de los focos.
Quizá dentro de cien años nadie recuerde muchos de sus nombres.
Quizá no haya estatuas, ni películas, ni grandes homenajes.
Pero en algún lugar habrá una familia reunida alrededor de una mesa gracias a ellos.
Habrá un abuelo contando historias a sus nietos.
Habrá una madre viendo crecer a su hijo.
Habrá un padre disfrutando de una conversación que parecía imposible.
Habrá una persona contemplando un amanecer más gracias a una decisión tomada por un médico en el momento adecuado.
Y eso vale mucho más que cualquier monumento.
Porque la verdadera huella que una persona deja en este mundo no se mide por la fama que alcanza, sino por las vidas que toca y por la esperanza que deja detrás de sí.
A todos ellos, a los conocidos y a los anónimos; a los que investigan, a los que operan, a los que cuidan y a los que acompañan: gracias.
Gracias por seguir estando ahí cuando el resto del mundo se derrumba.
Gracias por convertir la ciencia en esperanza.
Gracias por devolver abrazos, sonrisas y futuros.
Gracias por recordarnos que algunas de las personas más extraordinarias que existen trabajan cada día en silencio, cambiando el destino de otros seres humanos sin pedir nada a cambio.
Y gracias a ti, Albert.
Disfruta de tu jubilación.
Aunque, ya te aviso…
De mí no te vas a librar nunca.
Y si algún mérito tengo por haber seguido viviendo la vida con la misma pasión de siempre, una parte de ese mérito también es tuya. Porque hubo un día en el que, cuando yo solo tenía personas en contra, tú viste futuro. Cuando otros veían una silla de ruedas, tú viste a un piloto. Y cuando yo necesitaba que alguien creyera en mí, tú ya lo hacías.
Con todo mi cariño, mi admiración y mi amistad.

Gracias.

LUIKE / EL CIRCUITO
Toñejo Rodríguez