HARLEY DAVIDSON

Harley Davidson lucha por sobrevivir... y este es el error que le llevó a caer en ventas

Concesionario de Harley Davidson

Durante décadas, Harley-Davidson fue mucho más que una marca de motos: era un símbolo cultural, una identidad y una forma de vida. Sin embargo, una serie de decisiones estratégicas mal calculadas acabaron marcando un punto de inflexión que hoy muchos consideran el origen de su declive. Una historia que mezcla política, marketing, orgullo nacional y una desconexión progresiva con las nuevas generaciones.

Todo comenzó cuando Honda revolucionó el mercado mundial de las motocicletas. Mientras Harley se mantenía fiel a una imagen ruda y masculina, Honda apostó por algo completamente distinto: motos accesibles, fáciles de usar, fiables y pensadas para cualquiera. Su famoso lema “You meet the nicest people on a Honda” rompió todos los esquemas y abrió la puerta a un público que jamás se había planteado montar en moto.

La respuesta de Harley fue radicalmente opuesta. En lugar de adaptarse, decidió proteger su territorio.


El proteccionismo que cambió el rumbo

En los años 80, Harley-Davidson pidió ayuda al gobierno de Estados Unidos para frenar la competencia extranjera. Ronald Reagan aprobó aranceles de hasta el 49 % a las motos importadas de más de 750 cc, lo que dio oxígeno a la marca americana. Aquella protección permitió a Harley recuperarse económicamente… pero también sembró un problema a largo plazo.

Mientras Honda seguía ampliando su público, Harley quedó atrapada en su propio mito: motos grandes, caras y dirigidas a un perfil muy concreto. Durante años funcionó, pero el tiempo no perdona.

A principios de los 2000, la edad media de sus clientes no dejaba de subir. Muchos de aquellos motoristas envejecieron, dejaron de montar o simplemente desaparecieron del mercado. Y los jóvenes, sencillamente, ya no se sentían identificados.


Cuando el relevo generacional no llega

Harley intentó reaccionar con modelos como la XR1200, una naked deportiva con inspiración en la mítica XR750. Era una moto adelantada a su tiempo, pero llegó demasiado pronto y con un precio demasiado alto. El mercado no respondió y el modelo acabó desapareciendo.

El problema no era técnico. Era cultural.

Mientras otras marcas entendieron que había que atraer a nuevos motoristas, Harley seguía hablando el lenguaje de otra generación. El resultado fue una desconexión progresiva con el mercado global, especialmente fuera de Estados Unidos.


El golpe definitivo: política, aranceles y contradicciones

Cuando la administración Trump impuso aranceles al acero y al aluminio, la situación se volvió crítica. Harley fabricaba motos pensadas para el mercado global, pero los costes se dispararon. La solución fue producir fuera de EE. UU., algo que enfureció a parte de su base de clientes, justo aquellos que defendían el lema “Made in America”.

La paradoja era evidente: la marca que había pedido protección al Estado ahora sufría las consecuencias de ese mismo sistema.


El intento de reinvención

En los últimos años, Harley ha intentado reinventarse: motos eléctricas, bicicletas, nuevas líneas urbanas, academias para nuevos motoristas, presencia en Asia y una comunicación más abierta. Sin embargo, el daño estaba hecho.

El propio discurso interno cambió: ya no se trataba de fabricar grandes motos, sino de crear motoristas. Una misión complicada cuando la imagen de marca sigue anclada al pasado.


¿Tiene futuro Harley-Davidson?

Probablemente sí, pero no como antes. El tiempo de dominio absoluto quedó atrás. Hoy, la marca lucha por redefinirse en un mundo donde las motos ya no representan rebeldía, sino movilidad, sostenibilidad y experiencia.

Quizá su futuro no esté en resistirse al cambio, sino en aceptar que la carretera ya no pertenece solo a una generación.